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¡Nicomedes Santa Cruz Gamarra. Rompiendo la invisibilidad literaria y política

Existen situaciones de vida que no se traslucen en los escritos de los grandes maestros ni son abordados por sus estudiosos. Este es el caso de don Nicomedes Santa Cruz Gamarra. Su trabajo como funcionario público en el Ministerio de Educación y su acercamiento al Gobierno Revolucionario, conducido por el general Juan Velasco Alvarado, le trajeron estabilidad y, posiblemente, cierto bienestar que su esposa, doña Mercedes Castillo, vio con muy buenos ojos. Ella, como buena ama de casa española que había vivido y sufrido los embates de la II Guerra Mundial y sus consecuencias con la política franquista, intuía situaciones complejas. Por ello, promovió una actitud diferente y participativa en el poeta. El mismo vate nos manifiesta: «Lo grave es que al poco tiempo Mercedes me pide que participe en la revolución de Velasco, porque ve que estoy al margen de la misma […] Meche tiene todo un problema de miedos y temores, porque no ha conocido otro mundo que el de Franco y la represión franquista […] y me meto a trabajar con Velasco» (Mariñez, 2000, p. 73).

Los espacios para realizar actividades no folklóricas por los descendientes de africanos habían estado vedados desde 1820-1824, cuando el protomédico Dr. José Manuel Valdés se convierte en el primer diputado y médico afrodescendiente de América Latina. Bajo ese contexto, Nicomedes ejerció funciones en la estructura de la naciente República. No se conoce otro caso de un negro que haya ejercido labores administrativas de alto nivel en la cosa pública.

En este sentido, Nicomedes Santa Cruz abre un espacio que los negros habíamos tenido restringido mental y socialmente, tanto para los blancos y criollos como para nosotros mismos, debido a las mentalidades alienadas que impedían vislumbrar esos espacios laborales de alta dirección. Sin proponérselo, la señora Mercedes impulsó la participación del negro en las estructuras del Estado, ya no como barredor, ascensorista, chofer, guardaespalda, etc., sino como funcionario con la posibilidad de tomar decisiones dentro del Estado peruano.

La participación del «negro decimero» —como mefistofélicamente lo denominaron algunos— en política y en la administración pública permitió también que su hermana Victoria Santa Cruz Gamarra ejerciera, paralelamente, funciones administrativas de alto nivel en el Instituto Nacional de Cultura (INC), dirigido por la Dra. Martha Hildebrandt. Ambos hermanos comenzarían a representar la política revolucionaria y cultural de los gobernantes de turno por todo el país y en diversas partes del mundo, más por su calidad profesional, literaria y folklórica que por su condición de funcionarios públicos.

Sus producciones culturales aumentaron y, con ella, vino la crítica despiadada de la aristocracia y la clase media culta, quienes vieron en ellos un peligroso integracionismo. En el consciente e inconsciente de estos grupos que habían dominado el escenario cultural de una manera ortodoxa, donde predominaba todo lo occidental —a pesar de ser minoría— sobre lo andino y africano, no se aceptaba que un negro representase la cultura nacional y, mucho menos, que una mujer negra ejerciese el alto cargo de directora del Conjunto Nacional de Folklore. Muy a su pesar, debían de aceptarlo a regañadientes, porque el poder político del Estado se sustentaba en las Fuerzas Armadas, y ellas promovían una aceptación de lo andino–africano como partes integrantes de la nación.

Los eventos culturales se multiplicaron; la música, las tradiciones, la literatura, el folklore andino y africano empezaron a visibilizarse; salieron de su situación sincrética y aparecieron con nombres propios. En las zonas marginales comenzaron a tener grandes éxitos. Los migrantes mantuvieron su sentido comunal e integracionista promoviendo las polladas, las yunzas, las procesiones, las fiestas callejoneras; en los locales comunales clamaban unidad ante el despectivismo y la marginación de los grupos de poder e intelectuales ascendentes que, amparados en la cultura —el único bastión no dominados por los militares— iniciaron su frontal ataque contra los representantes visibles de las minorías étnicas; en este caso, los hermanos Santa Cruz Gamarra. Fue por esa época en que nuestro vate se enrola en los medios de comunicación y escribe para el periódico Libertad, dirigido por el distinguido científico social Sebastián Salazar Bondy.

Los universitarios hicieron lo suyo y rechazaron el Gobierno velasquista; con ello, a los Santa Cruz Gamarra. El escritor, en la histórica entrevista que le hace el sociólogo dominicano Pablo Mariñez Álvarez, manifestaría: «…el estudiantado universitario que se ha balcanizado en una serie de corrientes, también me repudia». Incluso, quien suscribe estas líneas, en su época estudiantil, se alineó con el pensamiento antirrevolucionario de las Fuerzas Armadas y se distanció de don Nicomedes. Con ello se desata, dentro de la naciente conciencia afroperuana, un sentimiento ambivalente de aceptación y rechazo. Un claro ejemplo de ello es que Nicomedes nunca fue invitado a exponer en la entidad más representativa de los afroperuanos, la Asociación Cultural de la Juventud Negra Peruana (ACEJUNEP) (1969-1978). De igual modo, la intelectualidad blanca representada en el naciente grupo Hora Zero lo satanizó de manera extrema. Otras organizaciones también cumplieron ese papel.

Considero que toda esta situación no se ubica en el plano del racismo propiamente dicho, como lo afirma el escritor, ni en el plano político social. Más bien, es el problema del ascenso social de los elementos conformantes de las minorías que, durante siglos, habían sido relegadas. La aristocracia y sus representantes ven como un peligro la posibilidad de que la población visualice a un líder representativo capaz de orientar la sociedad hacia un futuro diferente, lo cual implica el deterioro de su propia estructura social no resquebrajada ni siquiera con la guerra por la independencia. La invisibilidad social a la que los sectores menos favorecidos fueron sometidos estaba en peligro. Por lo tanto, había que desarticular, desacreditar o destruir aquellos elementos que permitieran la visibilidad social, en este caso, de los descendientes de africanos y, más aún, de los grupos originarios. Es por ello que la poesía, inicialmente aplaudida, luego fue resistida por los mismos que la promovieron.

Para la sociedad peruana del 60 y 70, que había fusilado injustamente a don Alejandro Villanueva Torres —representado como el «Monstruo de Armendáriz»— sin mostrar pruebas contundentes y cuyo único delito fue ser un humilde trabajador desempleado de la construcción civil, ahora le era imposible entender o aceptar el ascenso social de un negro irreverente que había viajado a Cuba, se había entrevistado con Fidel Castro, y comenzaba a cuestionar el sistema desde las situaciones más simples, como son los organismos representantes de los escritores y artistas. Ya desde inicios de la década del 60, Nicomedes había cuestionado algunos organismos como el transporte público y la Asociación Peruana de Autores y Compositores en sendos artículos que generaron escozor; entre ellos, «Microbús», «Yo Acuso» y otros que demuestran claramente a un Nicomedes abordador de los problemas sociales que aparecieron en la sociedad limeña.1 En ellos deja traslucir a un luchador incorruptible. Leamos el párrafo final de uno de ellos:

Iremos al Parlamento. Iremos al presidente constitucional de la república. Iremos a la huelga de hambre si es preciso, pero triunfaremos. Yo, personalmente, lucharé hasta las últimas consecuencias. (1967)

Nicomedes había dado el gran salto de replanista, decimista y folklorista a escritor contestatario. Aborda directamente «el problema» de la presencia negra desde un ángulo racial. Por primera vez en el Perú, un negro tiene la osadía de publicar un artículo donde se analiza la nación peruana desde un punto de vista socio-racial; es decir, desde su negritud. Ya en 1965, el escritor presentó ante la opinión pública un texto denominado «El negro en el Perú», donde se visualiza a un afroperuano a partir una óptica diferente a la visión de los negristas que hasta ese momento habían visto a un negro folklórico, sandunguero, retratista, jaranero, delincuente y, en el mejor de los casos, como un problema social para el Perú; entre ellos, Luis Alberto Sánchez, José Carlos Mariátegui y Luis Eduardo Valcárcel.

Dos artículos posteriores aparecidos en «Estampa», suplemento dominical del diario Expreso, nos muestran que Nicomedes no se quedó en la retórica historicista de mostrar al negro, sino que da un salto al análisis de la problemática social al presentar el racismo no como un problema de negros, sino como un problema nacional y en contra de las minorías étnicas en general. El primer artículo apareció con el título de «Racismo en el Perú», el primero de octubre de 1967; el segundo fue publicado el 22 del mismo mes bajo el membrete de «Antecedentes del racismo». En ambos aborda el problema interracial de la sociedad peruana y, sin proponérselo, coloca los primeros pilares del nuevo enfoque del pensamiento afro: la Tigritud.

Los artículos mencionados dan pautas para que la nueva generación de negros letrados comience a pensar de manera diferente. Recordemos que los negros nos insertamos al sistema educativo primario a mediados del siglo pasado; al secundario, después del gobierno del general Manuel A. Odría. Por ello, el artículo pasó desapercibido para gran parte de la población afrodescendiente, mas no así para la intelectualidad y la aristocracia peruanas, quienes vislumbraron una peligrosa visibilidad de lo negro. Un distinguido prelado de la Iglesia católica exclamaría: «No hay que despertar al león».

Nicomedes Santa Cruz Gamarra comenzó a sembrar una nueva propuesta, cuya cosecha lo llevaría más tarde a la frustración social. El hecho de lanzar mensajes sencillos pero enconosos para hacer pensar a las minorías desde un ángulo nunca abordado por los intelectuales peruanos —quienes hacían denodados esfuerzos para demostrar que el negro era una minoría absoluta en vías de extinción y lo andino era un problema resuelto a través de la integración social— lo convertía en un peligroso intelectual ascendente con gran aceptación popular. Los intelectuales del medio no lo vieron así. Inconscientemente, lo ubicaban como un simple glosador o como un folklorista, cuyo objetivo era recrear. Sin embargo, la aristocracia culta comenzó a preocuparse y buscó la forma de acallarlo.

En 1962, Nicomedes formaba parte de un círculo de académicos que vislumbraba un país diferente. Aquello de «cholo soy y no me compadezcan» había calado profundamente en los migrantes universitarios, quienes se reunían para «conversar» sobre su futuro. De estas reuniones saldría una propuesta política conducida por José Matos Mar, quien formaba parte del partido Movimiento Social Progresista (MSP). Nicomedes fue invitado a estas filas, ya que veía una necesidad de ser contestatario en una sociedad manipulada por aristócratas y militares de la misma clase social. De esta manera, se involucra en una campaña política donde, incluso, postula a una diputación por Lima.

El MSP estaba conformado por personajes que habían sufrido persecución y cárcel durante la dictadura del general Odría y el gobierno de Manuel Prado. Los integrantes, encabezados por el Dr. Virgilio Roel Pineda, manifestaban en un periódico de la época: «…los dirigentes populistas podemos ostentar con orgullo el título de haber sido encerrados en la mazmorra del Sexto y del Frontón».2 En este mismo artículo periodístico, el MSP muestra sus discrepancias con el APRA y su deslinde con el comunismo: «…ahora el Apro-pradismo, para salvarse y prolongar seis años más el usufructo del poder, pretende crear el engañoso dilema de “convivencia o comunismo”. Nosotros declaramos que estamos definitivamente en contra del mismo, porque la única disyuntiva que confronta el pueblo peruano es “Convivencia o Renovación”».3

Entre los miembros representativos que formaron parte de la lista de postulantes al Congreso, destacan José Matos Mar, su esposa doña Rosalía Ávalos de Matos, Nadeida de Roel, Elsa de Córdova, Nicomedes Santa Cruz, Francisco Moncloa, Manuel Scorza, Guillermo Sheen Lazo, Adolfo Córdova y José Luis Villarán. Todos ellos pasarían a jugar un papel muy importante en la política nacional; incluso, asumieron cargos de conducción política del Estado peruano. Luego de esta experiencia política, el joven decimista se alejó un poco de la vida partidaria; sin embargo, se ubicó definitivamente en una posición contestataria y, al parecer, anti-aprista, la cual es manifestada públicamente, años después, en uno de sus escritos:

Hasta las elecciones del año 45 tuvieron vigencias las letrillas. Recuerdo que los apristas eran muy ingeniosos y sutiles —hasta eso han perdido—; pero sus opositores no lo eran menos […]. (1967, p. 11)

No sabemos en qué momento emerge esa reacción contra el partido aprista, puesto que desde muy pequeño Nicomedes Santa Cruz recibió influencias de su hermano mayor Fernando Santa Cruz Gamarra. Este, desde temprana edad, fue un forjador y conspicuo dirigente aprista. Su rol fue tan trascendente que lo eligieron como primer secretario general del Partido Aprista Peruano.

Esclarecido políticamente y asumiendo su opción contestataria, el poeta se dedica a tiempo completo a escribir para periódicos, revistas y gacetas, incluso para algunas empresas importantes como Electro Lima. Según su propia palabra, escribía hasta en las servilletas de los restaurantes, siempre orientando sus escritos hacia los menos favorecidos y buscando una opción social.

Enriquecido por las distintas tendencias culturales, políticas y sociales de la época, sus escritos de puño y letra dan un giro de noventa grados. Ahora, Nicomedes apuesta por la reforma del Estado. Propone y pregona la reforma agraria y la reforma de la educación; sobre todo, clama justicia para el pueblo. En una décima publicada en su columna Las décimas de Nicomedes, titulada «Al compás del criollismo», expresa:

Barrios pobres, siempre faltos,

Barrios que justicia claman

Para paradoja se llaman

«Barrios Altos»… barrios «Altos»…

¡Yérguete , pega unos saltos

Mira qué pasa en Ancón

Y verás tu inspiración

Manchada de «whisky and soda»

Mientras que tu vida toda

Es vivir en callejón. (1964, p 13)

Es muestra fehaciente de que el poeta exigía que las mazmorras, los corralones, las favelas, las zonas tugurizadas, las barriadas —o como se les quiera llamar— eran zonas condenadas a la miseria; por lo tanto, se debía dar el salto, el gran salto hacia el progreso social. Un año después, publicaría su célebre décima «La Madre Tierra». En ella manifiesta que el futuro está en manos del pueblo. Veamos un fragmento:

Iniciada «La conquista

del Perú por los peruanos»,

de nuestras potentes manos

saldrá un futuro mejor.

Concluye la décima exigiendo progreso y libertad como únicos caminos para alcanzar el desarrollo del Perú. De esta manera, deja traslucir la necesidad de una reforma de la propiedad agraria:

Con solo picos y palas,

con solo palas y picos

nuestros pueblos se harán ricos

en progreso y libertad.

Con solo palas y picos

con solo picos y palas

conquistaremos —sin balas

nuestra agraria propiedad.

Es innegable la propuesta de reformar el Estado sin necesidad del extremismo de la lucha armada. Se denota en su poesía una necesidad inherente de progreso con el aporte de todos, con el trabajo en conjunto para salir adelante y alcanzar el adelanto de los pueblos, siempre y cuando estos sean propietarios de sus tierras sustraídas por «la Conquista del Perú».

Entonces, nos encontramos con un poeta en busca de solucionar los problemas humanos más allá del color de la piel o de la procedencia regional. El vate se encuentra impotente. Su experiencia como funcionario público y como candidato no había sido muy fructífera y, por ello, se enrumba hacía los nacientes medios de comunicación masivos como la radio y la televisión, donde obtiene rutilantes éxitos al impulsar nuevas ideas y al hacer un llamado a la integración latinoamericana.

Finalizada la era de los gobiernos militares reformistas, Nicomedes es aislado por los nuevos actores sociales y culturales de la sociedad limeña, quienes tratan de invisibilizar su producción y minimizar sus aportes. Le comienzan a cerrar los espacios de supervivencia; sus escritos ya no aparecen en los medios de comunicación ni su imagen en la televisión, como consecuencia de su accionar político con los reformistas.

Un 20 de septiembre de 1980, Nicomedes Santa Cruz Gamarra y doña Mercedes Castillo, conjuntamente con sus dos hijos Pedro y Luis Lían, abandonan el país para siempre. Dos años después, en 1982, abandonaría el Perú Victoria Santa Cruz Gamarra. De este modo, se cierra un ciclo de brillantes aportes a la nación al romper la invisibilidad literaria, política y burocrática a la que fuimos sometidos durante siglos.

Referencias

Mariñez, Pablo (2000). Nicomedes Santa Cruz: decimista, poeta y folklorista afroperuano. Lima: Municipalidad Metropolitana de Lima.

Santa Cruz, Nicomedes. (21 de marzo 1965). El negro en el Perú. Estampa (suplemento dominical del diario Expreso).

Santa Cruz, Nicomedes. (1 de octubre 1967). Racismo en el Perú. Estampa (suplemento dominical del diario Expreso).

Santa Cruz, Nicomedes. (22 de octubre 1967) Antecedentes del racismo. Estampa (suplemento dominical del diario Expreso).

Santa Cruz, Nicomedes. (1967). Yo Acuso. Expreso, p.1

1 «Lima en Blanco y Negro». Conjunto de artículos periodísticos que aparecieron constantemente en el diario Expreso, entre 1965 y 1970.

2 El diario Expreso. Artículo aparecido el 22 de marzo de 1962.

3 Ibid.

Titulo
¡Nicomedes Santa Cruz Gamarra. Rompiendo la invisibilidad literaria y política
Autor
José Campos Dávila
Año
2016
Seccion
Artículos y Ensayos

Cómo citar

José Campos Dávila (2016). ¡Nicomedes Santa Cruz Gamarra. Rompiendo la invisibilidad literaria y política. Vol. 1, Num. 1 (2016). https://doi.org/

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